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Si Star Wars ya es épico, un maratón es histórico. (Little Ani / Wikipedia).

A long time ago in a Galaxy far, far away…

Nos encontramos en las semanas previas al estreno del Episodio VII. Un par de jóvenes padawans, en un momento de inspiración, deciden plantear un reto: un maratón de Star Wars sin parar, sin descanso y aderezado por el característico zumo de cebada que debe estar siempre presente en celebraciones como esta. Ni cortos ni perezosos, aceptan el reto y se disponen a ello con la ilusión más grande del mundo…

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Esta no es una historia cualquiera. Es la historia de dos locos, de dos verdaderos frikis de Star Wars. Dos personas que, en su deseo y ganas de ver el Episodio VII, decidieron meterse entre pecho y espalda los seis episodios anteriores del tirón. Uno tras otro. Y no fue tarea fácil. Porque realizando una simple cuenta, las 13 horas y 23 minutos que suman los seis filmes se convierten en un muro que trepar. No es sencillo estar 13 horas frente al televisor, sentado en el sofá, sin perder ojo a lo que se está visionando. No lo es antes de empezar, y no lo es una  vez que se realizó.

La acción comienza un sábado por la mañana, concretamente el sábado 12 de diciembre a las 12:00 horas de nuestro señor Obi Wan Kenobi. La celebración de maratón contemplaba la llegada masiva de gente, pero al final quedó en dos únicos corredores, y dos incorporaciones momentáneas que no se atrevieron a más. Todo lo narrado ocurrió exactamente como podrán leerlo, nada ha sido manipulado, ni exagerado, ni mucho menos inventado. Y sino, que venga C3P0 y me lo desmienta.

Situémonos. La amenaza fantasma para comenzar. Y se empieza con mucha moral, aunque un poco castigado por lo que se está viendo (sí, jeiteo a La amenaza fantasma), aunque hay ciertas escenas que arreglan un poco el desaguisado y te permiten continuar con ganas. Las dos primeras películas caen del tirón, con apenas una pausa de cinco minutos para cambiar el aceite. Se hicieron llevaderas. El ritmo de cervezas, nuestra arma jedi, tampoco fue muy elevado. Había que controlar esfuerzos, como si de una maratón corrida se tratase. ¿Lo mejor? Los bufidos de mi compañero de aventura cada vez que Padme (AKA Natalie Portman) aparecía en pantalla. El nombre de este compañero, por respeto a su persona, no será revelado. ¿Lo peor? El amorío, la lentitud y el pesado de Jar Jar Binks durante estas dos primeras películas. Eso sí, cada vez que la liaba el bueno de Jar Jar, tocaba dar un trago.

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El ataque de los clones lo salva Dooku (y Padme). (Alacoolc / Flickr).

La venganza de los Siths le dio nivel al asunto, ya empezaba lo bueno, que se había hecho esperar. Eso sí, la burrería de Anakin no se quedó sin crítica. Que chico más burrico, por favor. De todas formas, el Episodio III entró sin problemas, no fue un gran obstáculo, más allá de recordar que había que comer algo para poder llegar con fuerzas al final. Y eso hicimos, avituallarnos para proseguir nuestra marcha.

Se puede y pudimos

Y llegó el momento esperado, en la que es mi película preferida. Por eso de que fue la primera que vi, o simplemente porque siempre hemos sido muy de Han Solo en la Cantina de Mos Eisley. Una nueva esperanza, en la pantalla de la televisión, y en nosotros, pues vimos la luz y que era posible terminar el maratón. Corrían las 19:00 horas de la tarde, y estábamos ya con la trilogía original. ‘Yes we can!’, que dirían algunos. Fue un visto y no visto. ¡Sin descanso! Una nueva esperanza y El Imperio contrataca sin un segundo de relax, sin perder la vista al televisor, ni si quiera para mirar el móvil. Bueno, algo sí movíamos la cabeza para continuar dando tragos a las cervezas. Así nos pasó factura después, con el arreón final.

Con los ojos casi cerrados. Semi derrotados tras el esfuerzo. Pero todavía quedaba el último episodio. Quedaban los momentos épicos de El retorno del Jedi. Y para hacerlo frente, hubo que cambiar de gasolina. De la cerveza, al gin-tonic cortito, no vaya a ser… Fue como un sorbo de agua revitalizadora. Resucitamos de golpe, salimos de la reserva. Y, a pesar de las horas de esfuerzo, el último episodio se hizo corto. Eso sí, con su final, no faltaron las celebraciones. Yo, de hecho, me imaginé como un Ewok más bailando y levantando los brazos como si no hubiera mañana (sí, me levante y lo celebré). Fue más celebrado que el gol de Iniesta, para que engañarnos. Lo habíamos conseguido. Habíamos visto Star Wars del tirón y sin más pausas que los cinco minutos reglamentarios para acudir al excusado. Qué orgulloso estaría Han Solo de habernos visto.

Y así terminó la aventura, con una celebración y con la sensación de ser héroes, de que seremos recordados, aunque no sé muy bien por quien. Yo me quedo con el viaje, con el trayecto, pero, sobre todo, con las ganas de ver ya el Episodio VII.

César Aldecoa Rodríguez
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Poniendo la nota deportiva en CREA Radio. Y alguna echada en Tierra de Fútbol, claro.
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