Pau Gasol durante el eurobasket de 2011. (Christopher Johnson / Wikimedia Commons).
Pau Gasol durante el eurobasket de 2011. (Christopher Johnson / Wikimedia Commons).

Uno todavía se despierta con la resaca del Toro de la Vega. Evento en el que unos arremeten contra otros: barbarie contra arte. O eso es lo que dicen. La verdad es que para una persona profana en la tauromaquia no deja de ser sorprendente y hasta chabacano ver cómo lancean a un morlaco de más de 600 kilos hasta que se rinde, ve que ya no puede más, le tiemblan las patas y se derrumba como si de repente haya perdido todo su oxígeno, fuerza y el último ápice de energía que le podía quedar.

En verdad, el espectáculo encierra parte de bestialidad en sí mismo, aunque lo cierto es que este punto salvaje suele ser capaz de adaptarse a cada época. Los romanos disfrutaban con los espectáculos de gladiadores, unos cuantos siglos después en las cortes disfrutaban con los torneos medievales y no tenemos que irnos muy lejos para ver que algunos combates de boxeo siguen siendo auténticos fenómenos de masas.

No hace falta, incluso, ir a la confrontación directa entre hombre y hombre. El mismo deporte de élite también tiene esa porción de bestialidad. Entrenar horas y más horas día sí y día también, competir cada semana, tener los grandes eventos cuando la inmensa mayoría de personas estén de vacaciones y puedan disfrutar del espectáculo, poner tu cuerpo al límite en cada momento, buscar recuperaciones físicas milagrosas a base de estropear tu organismo a largo plazo… Visto así, quizá los deportistas tengan algo de gladiadores. Quizá dentro de unos años veamos como una crueldad anacrónica el que exploten su cuerpo al máximo. Quizá esta idea sea una soberana estupidez. Quién sabe, el tiempo lo dirá.

Los gladiadores modernos

Lo cierto es que, en el fondo, todo deporte necesita a su gladiador, incluso los de equipo. Es evidente que debes tener una plantilla, un grupo para seguir adelante, pero el gladiador es el que te hace ganar, el que te permite triunfar, el que consigue marcar la diferencia. Ayer, 17 de septiembre, Francia tenía uno: Nicolas Batum. España tenía otro: Pau Gasol con 35 años, 14 temporadas en la NBA, 78 partidos este año en Chicago Bulls con una media de 34 minutos por encuentro…. Un físico puesto al límite.

Cuando la sirena pitó el final de la prórroga, y España se clasificó para la final, a algunos aficionados les salió la vena patriota, a otros la romántica de ganar al país vecino, a unos pocos la épica por ganar en casa al equipo favorito para ganar el Eurobasket. Pero no hay que olvidar que detrás hay un gladiador que sin él nada sería igual, por mucho que haya un equipo, un sentimiento y un villano al que batir. Batum fue durante muchos minutos el héroe y con un triple en los últimos segundos consiguió llevar el partido a la prórroga. Gasol, a base de canastas de dos fue capaz de mantener viva a España cuando en el tercer cuarto llegó a estar once puntos abajo. La diferencia llegó en la prórroga, cuando a falta de quince segundos Batum tuvo la posibilidad de empatar el encuentro, la situación era más que propicia para ello, llevaba seis tiros libres y no había fallado ninguno, ahora tenía la posibilidad de meter tres y, nuevamente, forzar una segunda  prórroga. Falló los tres.

Lo que vino después ya es conocido por todos. Rebote para España, rápida circulación de balón entre el resto de jugadores y pelota en manos de Pau que machaca la canasta con un mate casi sobre la bocina, para poner la guinda a un pastel formado por otros 38 puntos, 11 rebotes y 3 tapones. Pura elasticidad, pura poesía, puro deporte. Anoche se vivió un gran espectáculo con grandes jugadores y dos gladiadores. La diferencia es que ayer Gasol no fue un gladiador más, fue el gladiador. Aunque estemos hablando de baloncesto.

Álvaro García Ruiz
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Álvaro García Ruiz

En construcción. Tengo la suerte de hacer lo que más me gusta, con la gente que me gusta. Sé poco de mucho, pero me esfuerzo por aprender.
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