Joaquin Sabina durante un concierto en Granada. (Arkangel / Wikimedia Commons).
Joaquin Sabina durante un concierto en Granada. (Arkangel / Wikimedia Commons).

Las personas erramos. Mucho. Muchísimo. Casi tanto como la banda Mago de Oz cuando decidió que podría proseguir con su éxito en Gaia, alargándolo hasta límites insospechados con Gaia II y Gaia III. En ese momento no te das cuenta, pero la estás cagando, y mucho. Estas cosas se te van de las manos.

Ha llegado a España la moda de contratar y pedir colaboraciones de reconocidos economistas. Llamativos y mediáticos. Ejemplos son Daniel Lacalle (cortejado por el PP de Madrid), Luis Garicano (Ciudadanos) o José Carlos Díez (PSOE).

Dicen las malas lenguas que esto no es buena idea. ¿Para qué quieren economistas de prestigio meterse en berenjenales que solo les llevan al encasillamiento político? El propio Garicano, antes de vincularse al partido de Albert Rivera, afirmó en su libro El dilema de España, y más tarde en la Sexta Noche, que los políticos y estadistas tienen que serlo por querer cambiar lo que está mal, y que además han de cobrar en función de su capacidad. Si aquellos son buenos, y llevan al país a buen puerto, no tendría que haber problema en que cobrasen en función de sus capacidades, aunque siempre sea menos de lo que una gran empresa les podría pagar, como es el caso de Lacalle en Pimco.

Estos economistas hacen balance entre fama y dinero. Al igual que los músicos. Hace un par de semanas, Joaquín Sabina montó un espectáculo fulminante en el Polideportivo Pisuerga de Valladolid. Si bien es cierto que el propio Sabina cumplió con su parte, contaba con unos músicos de gran calibre, que hicieron del concierto un fenómeno audiovisual que hace disfrutar a tres generaciones de un plumazo

Estos profesionales se podían haber aventurado en el limbo independiente de la música española, al igual que otros músicos, como El Kanka o Depedro, con un gusto que muchos músicos solo aspiran a tener, podrían trabajar para artistas consagrados, cobrar a final de mes, y lucirse ante 10.000 personas una o dos veces por semana durante una larga gira.

Por lo menos estos músicos salen a escena. No podemos decir lo mismo de aquellos que llaman ‘Los mercenarios’; músicos contratados para grabar con los grandes, llevarse un pico de la discográfica y cenar con su mujer la misma noche. No está mal, supone ser un virtuoso, pero muchas veces sin gusto y sin ideas. Y eso es lo que no gusta a los músicos con ansias de grandeza.

Digamos que hay políticos así, como es el caso de los Secretarios de Estado, que son personas que trabajan mucho, pero a las que nadie conoce. ¿Quién conoce a alguno? Pues nadie, salvo por un caso de corrupción, o porque es hermano del Consejero Delegado de una gran empresa (¡qué casualidad!), aunque estos suelen ser los ministros. Los secretarios de Estado son los ‘mercenarios’ de la política, y está bien, porque por lo menos los españoles pagamos menos guardaespaldas.

Hay que animar a la gente con capacidad de dirigir un Ministerio o una Secretaría a que se meta en la política. No es porque tengamos pocos políticos (todo lo contrario), sino porque hay muchos que no tienen ni idea y sobran. Espero que no se quede esta moda en tirar flores a grandes economistas, sino también a grandes educadores, grandes médicos o grandes juristas. Que quiten de ahí a quienes no saben o no quieres saber, y luchen por lo que de verdad es bueno para el país.

Al final lo que cada uno tiene que hacer es encontrar su sitio, ya sea el de ser independientes, mercenarios, o de trabajar para los grandes. Lo vemos en la música, lo vemos en la política, y lo veremos en nuestras vidas. Nos equivocaremos mucho, pero intentaremos arreglarlo. España se ha equivocado mucho. Ahora toca la segunda parte.

Alejandro Martín Goizueta
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Ingeniero en proceso y músico. Preocupado por la polifacética crisis que vivimos. Soñador imperturbable y seguidor de acordes diferenciados.
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