• No me jodas… ¿eres de los que derraman una lagrimita? ¿Acaso te parezco un arcoíris doble? Debes de estar disgustado, ¿lo estás?
  • No…
  • ¿No? ¿Entonces esto te la suda?
  • Claro que no me la suda
  • Entonces, ¿estás disgustado sí o no, joder? Sí, estás disgustado. Dilo
  • Estoy disgustado
  • Dilo para que te oiga toda la banda
  • Estoy disgustado
  • ¡Más alto!
  • ¡Estoy disgustado!
  • Eres un blandengue de mierda, maricón chupapollas cuya mami dejó a papi cuando se dio cuenta de que no era Pablo Neruda y que ahora llora y babea encima de mi batería como una nenaza de nueve años así que, por una última vez, dilo más alto!
  • ¡Estoy disgustado!
  • Empieza a practicar más, Neiman.
La ficción

Así discurre una de las escenas más representativas (por no decir la que más) de la oscarizada película Whiplash. En ella, el espectador observa como el reputado director de orquesta Terence Fletcher, interpretado brillantemente por J.K. Simmons, abronca y ridiculiza a su pupilo Andrew Neiman (Miles Teller) por el simple hecho de no reproducir de manera correcta una de las partituras que ha entregado a su banda.

La película pone de manifiesto dos figuras enfrentadas: la del prometedor baterista de jazz con aires de grandeza, hasta el punto de prescindir de cualquier relación personal para alcanzar su sueño; y la del perfeccionista y duro (por no decir abusivo) profesor que presiona a sus alumnos hasta puntos insospechados para que saquen lo mejor de sus talento. Tal vez esta mezcla de ideologías podría llegar a buen puerto: más presión por parte del docente, mejores resultados del discípulo y todos contentos. Pero bien sabemos que esto pocas veces se da.

Escena de la película "Whiplash"
Escena de la película “Whiplash” (Fotograma promocional: Sony Pictures Classics)
La realidad

No podemos negar que todos tenemos sueños y que, en ciertas situaciones, haríamos lo imposible para alcanzarlos, pero el extremo del protagonista de Whiplash se da en contadas ocasiones (pensad en cuántos casos conocéis).

Más habituales son las ocasiones de abuso de poder o de mala praxis por parte de algunos profesores. En este momento a todos nos vendrá a la memoria algún maestro que ha tenido una actitud altanera, nos ha ridiculizado en clase o, simplemente, no llevaba a cabo su trabajo como es debido.

Tipos de malos profesores

Hay diferentes tipos de uso de poder. Están los que, como en el filme, presionan hasta la saciedad para que su alumno saque lo mejor de sí mismo, solo recibiendo críticas y ningún halago. Pensemos: ¿Esta técnica es realmente efectiva? El estudiante es probable que se ponga nervioso, que le pueda la presión y que pierda confianza. ¿Resultado? Un aprendizaje lento y que provoque que el pupilo acabe sacando malos resultados debido a la excesiva intimidación. Solo en ciertos casos acaba sobreponiéndose la ley del más fuerte y son las personas que el profesor cree que saldrá adelante en la vida moderna.

Después están los contrarios, los que además de no realizar bien su trabajo, no ayudan al alumno a comprender conceptos. Sus clases son una pérdida de tiempo, ya que las explicaciones son difusas, aburridas y, tras investigar un poco, encuentras que son erróneas. Después de estas averiguaciones te entran dudas que, como es lógico, quieres preguntar al docente. Y te encuentras con que su respuesta, lejos de ser positiva y de echarte una mano, es una negativa a la resolución de la misma, además de una posible reprimenda por dirigirte a él para resolver tu pregunta. Este tipo de maestro te ayuda a sacarte las castañas del fuego, pero hasta ahí. Es muy probable que solo obtengas de él esa ley de vida, porque los conocimientos teórico-prácticos se habrán quedado por el camino.

Por último se encuentran los peores especímenes: los que por alguna razón ajena a tu conocimiento, les caes mal o parece que les has hecho algo que no les ha gustado, aunque no se te haya movido un pelo de la cabeza. Son ese tipo de profesores que te hunden, que te dejan en ridículo delante de toda la clase por tener el más mínimo fallo o que, incluso en privado, te tratan de manera denigrante. Ojo, dominan la situación. Saben que esa persona a la que están tratando de mala manera no les va a contestar por miedo a reprimendas, a que no les apruebe la asignatura o por cualquier otra razón que les afecte. Son maestros que parecen enfadados con la vida en general, o que están de profesores porque no consiguieron su meta en la vida. Su frustración la pagan con otros.

Falta de vocación

Estas actitudes no son generalizadas. Muchos docentes tienen vocación y saben que muchas personas dependen de ellos para salir adelante en la vida. Realizan su trabajo como es debido y tienen una actitud correctísima. Pero luego están los otros, los que no deberían estar ahí, los que perjudican más que favorecen. Esas personas que les falta vocación, no les gusta ser maestros y decidieron estudiar magisterio porque no les dio la nota para hacer lo que querían. Quizá algunos descubrieron que les llamaba y valían para ello. Otros que siguieron pensando que no les hacía ninguna gracia y, dándose cuenta de que no iban a realizar bien su trabajo, siguieron con su particular cruzada.

En Finlandia, empezar a estudiar magisterio es tan difícil como hacer aeronáutica en España. Quizá deberíamos cambiar la mentalidad y pensar que, para formar a las grandes mentes del mañana, hacen falta esos profesores que aman su trabajo, que se levantan cada mañana con una sonrisa en la cara sabiendo que van a enseñar algo que le valdrá a otra persona para salir adelante en este mundo convulso en el que vivimos y, sobre todo, que sus alumnos estarán siempre agradecidísimos con ellos y con un buen recuerdo para toda su vida.

Iván Tomé Fernández

Iván Tomé Fernández

En formación continua. Periodista , fotógrafo, amante de la cultura y el 'abuelo' del equipo. En mis ratos libres hago un Fanzine
Iván Tomé Fernández

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