La televisión nos abstrae de la realidad.(Beatriz Carbajo / CREA Radio).
La televisión nos abstrae de la realidad. (Beatriz Carbajo / CREA Radio).

Todos sabemos el poder que tiene la televisión. Es innegable que es el medio de comunicación de masas que más influencia tiene en la sociedad actual y que alcanza ámbitos de nuestras vidas que ni siquiera sospechamos. Todo el mundo tiene un televisor en su casa y, quien más y quien menos, acaba sucumbiendo a la tentación de quedarse mirando fijamente ese aparato que, no sin razón, muchos llaman ‘la caja tonta’.

Es precisamente por ese poder de atracción que causa en los espectadores y, en consecuencia, la influencia que sus contenidos ejercen sobre ellos, que no se puede considerar una mercancía más con la que comerciar y que solo atienda a la ley del mercado, es decir, a la oferta y la demanda.

No somos los únicos que nos damos cuenta de la amplia proyección que tienen los contenidos televisivos en la sociedad. Los grandes grupos de comunicación son muy conscientes de ello y lo utilizan a su favor. No seamos ingenuos.

Por supuesto que todo en la tele, por muy inofensivo y arbitrario que parezca, está minuciosamente estudiado. Su trabajo consiste en analizar nuestros hábitos de consumo para después manipularlos en busca de su propio beneficio. Manipulan la oferta de contenidos de tal forma que la audiencia termina por demandar lo que los empresarios del sector quieren. Bien pensado, ¿no?

En la televisión nada es fruto de la casualidad

Los contenidos televisivos están concienzudamente fabricados, sí. Pero no toda la tele es igual, del mismo modo que no todos los espectadores somos iguales. Aunque es cierto que la oferta esté dominada por el entretenimiento en todas sus formas, los reality shows y la telebasura en general, también existen oasis en los que la calidad asoma para aquellos telespectadores que saben apreciarla.

Pero, ¿por qué es la calidad un oasis en medio del desierto y no al contrario? La respuesta es simple: la audiencia. La audiencia es la clave. Los datos de audiencia condicionan por completo el trabajo de todo el equipo que está a cargo de un programa televisivo. Y por completo significa tirar por la borda todo el trabajo de un grupo de personas durante meses por el hecho de que ese número sea de un dígito o de dos.

Solo importa esa cifra. Ningún otro criterio, las horas de trabajo o la trayectoria profesional del equipo. Un programa no se mantiene en parrilla para ver si funciona. Si los primeros datos de audiencia no son satisfactorios, se rebaja el nivel, se simplifica el mensaje, se vuelve al formato que siempre funciona. La telebasura.

Además de la audiencia, es mucho más barato producir programas de este tipo  que, por ejemplo, producir ficción. Si además de dar buenos datos de audiencia, se ahorran dinero, ¿qué más quieren?

Aquí puedes ver uno de los momentos que más audiencia dio al reality Gran Hermano VIP.

Esta situación se convierte en un bucle sin fin. La televisión ofrece contenidos de baja calidad y con un coste muy bajo porque la audiencia se lo pide. Porque es más fácil sentarte en el sofá después de un largo día de trabajo y no pensar.

Los reality shows dominan la parrilla. (howies collective / flickr).

No quieres un sesudo reportaje de investigación sobre la situación de los inmigrantes subsaharianos que sobreviven a duras penas para intentar ganarse la vida, quieres un ligero ‘docu-reality’ en el que te ríes de lo absurdas que pueden llegar a ser ciertas personas (actores con un guion muy bien estudiado), que, casualmente, dan mucho juego al programa, y gracias a las que te sientes mejor contigo mismo.

“¡Hay que ver qué inculta es la gente!” o “así va el país” son comentarios habituales que dejan entrever el gusto –que nunca se admite, por supuesto- por este tipo de contenidos.

Ver ‘telebasura’ nos refuerza la autoestima

¿No existen personas a las que les gustaría sentarse en el sofá y ver un reportaje como el mencionado? ¿O descubrir que el gobierno de una Comunidad Autónoma española silenció un accidente en el que murieron 43 personas? Por supuesto que sí. Pero no pueden competir en audiencia – sí, una cifra marca la diferencia – con los que prefieren echarse unas risas y evadirse de la realidad antes de irse a dormir.

¿Por qué nos extrañamos entonces de que los directivos de los grandes medios prefieran darnos todo ‘machacadito’? En la audiencia y el dinero está el poder. Y los telespectadores se lo ponemos fácil. Somos nosotros los que les damos ese poder.

Beatriz Carbajo del Río
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